La verdad que no he podido cambiar

 

Aquella conversación terminó por ser un desencuentro que, en circunstancias normales, para cualquier pareja podría haber sido solo una pequeña discusión. Pero para ellos, que aún inmaduros padecían de aquel extraño rasgo llamado orgullo, enemigo acérrimo de la humildad, terminó por convertirse en su última conversación durante años.

Si tan solo ella hubiera buscado otras palabras para rechazar su invitación a cruzar el Atlántico y encontrarse ahora en el Viejo Mundo; si tan solo él se hubiera detenido y hubiese dicho de manera transparente que aquella negativa lo hacía sentir mal... Si tan solo esto, si tan solo lo otro, si tan solo...

Pero lo cierto es que eran solo un par de jóvenes que se amaban mutuamente y que, de haber hecho a un lado su orgullo, quizá habrían reunido la fuerza suficiente para sobreponerse a las adversidades de una distancia que aún los separaba.

Pero no fue así.

Aquella fue su última conversación.

Él sabía que ella no le escribiría, que no lo buscaría, pues ella le había dejado claro en más de una ocasión que, en ese tipo de situaciones, solía ser muy orgullosa. Él, por su parte, pensó que, si el orgullo era más grande que el amor, probablemente no era amor. Ambos se vendieron ideas, ideas que los hicieran sentir mejor, y siguieron con sus vidas.

Muchas veces él miraba su teléfono y contemplaba sus fotografías. Quería llamarla, quería buscarla, pero en ese momento de su vida estaba convencido de que no trataría de construir una relación con una persona que no tuviera el interés ni las ganas de poner el mismo esfuerzo. Lo único que lograba era atormentarse mirando sus fotos, así que trató, poco a poco, de ir borrando los vestigios de ella para sacarla de su vida, y casi lo logró por completo.

Pero no pudo sacarla de su corazón ni de su memoria, porque ella aparecía en el lugar menos esperado. Cuando escuchaba cierta canción que, por alguna razón, le recordaba a ella; cuando veía una película romántica, de esas que tanto odiaba porque terminaban con un final feliz para todos menos para él.

Así que decidió hacer lo único que, con el paso de los años, le había traído cierto placer y satisfacción: continuar recorriendo el mundo. Pensó que aquello expandiría una vez más sus horizontes y lo ayudaría a olvidarla.


Pero tampoco funcionó.

La encontraba en un bello atardecer mientras conducía por un largo y hermoso camino solitario en los Alpes suizos. Creía verla entre la multitud que se aglomeraba en las calles de un verano en Florencia. Escuchaba el susurro de su voz en la tranquilidad de un antiguo templo o entre las ruinas de un viejo castillo a la orilla del mar en Escocia. Incluso
allí, encontraba belleza. Y en esa belleza inexplicable la recordaba.

Pasaron un par de años y, después de darse por vencido en su empeño por olvidarla, decidió que al menos le escribiría para explicarle las verdaderas razones de lo que había dicho durante aquella conversación. No esperaba nada; sencillamente quería colocar la última pieza de ese rompecabezas que aún era su corazón.

Un buen día decidió escribirle un mensaje. Se sentó tranquilamente y trató de expresar de la manera más clara y sencilla los sentimientos que lo habían guiado aquella última vez que hablaron.

Como tantas otras veces, dudó si enviarlo. Pero esta vez, a pesar de que su corazón latía tan rápido que parecía dispuesto a explotar, decidió hacerlo.

Y como era habitual, invadido por el pánico de la incertidumbre, unos minutos después borró los mensajes.

Pero para su fortuna, ella ya los había leído.

Ella respondió de manera amable y reconoció su parte en aquel último desencuentro. Por primera vez en dos años sintió cierta tranquilidad. Ya no cargaba con esa extraña sensación que nace de la incertidumbre. Era mejor un rechazo contundente que una duda que consume lentamente.

A través de varios mensajes se pusieron al día sobre sus vidas y sobre todo lo que había ocurrido durante aquellos dos años.

Sí, dos años ya habían pasado.

Él le habló de sus viajes por el mundo, y ella de los suyos; de su vida y de su nuevo novio.

Aquello no le resultó una sorpresa.

Conociendo todas las bondades y cualidades de ella, y ni qué decir de su belleza, que tantas veces terminaba por ocultar la belleza aún mayor de su alma, no le cabía duda de que alguien más afortunado o merecedor, había logrado ocupar el lugar por el que él habría dado media vida.

Esa noticia, en cualquier otro momento, lo habría devastado.

Pero, a diferencia de antes, ya no vagaba por el mundo tratando de encontrar un lugar al cual pertenecer. Lo había encontrado.

Y lo más curioso era que ese lugar siempre había estado allí, frente a él.

En una meseta polvorienta en medio de la nada, de la que había huido siendo muy joven y que, muchos años después, por fin podía llamar hogar.

Allí lo esperaba una madre que no había sabido amarlo. Un padre con quien no había hablado en veinte años. Unos hermanos que, por primera vez, le habían expresado cuánto lo habían extrañado durante todo ese tiempo.

Así que a pesar de que descubrió que la mujer que le robaba los pensamientos había continuado con su vida, logro encontrar la serenidad para que eso no acabase con él.

Entre otras cosas porque ya no necesitaba ser amado para ser feliz.

Porque finalmente había aprendido a amarse a sí mismo.

Eso no significa que le resultara indiferente leer aquel mensaje en el que ella le hablaba de su nuevo amor. Claro que fue un golpe duro.

Pero la vida ya lo había erosionado. No para volverlo indiferente al desamor, sino para enseñarle a enfrentarlo con serenidad, con paz y con tranquilidad.

Sin dramatismos.

Porque había aprendido que la vida que había tenido y la vida que tenía eran demasiado valiosas como para permitir que la amargura del desamor opacara toda la felicidad que aún podía encontrar en ella.

Cuando leyó su mensaje, no supo qué decir.

Así que se fue a dormir pensando que, quizá durante la noche, entre sueños, encontraría las palabras correctas. Las palabras que le permitieran responder sin equivocarse y sin dejar margen para malas interpretaciones.

A la mañana siguiente, lo despertó un rayo de sol que entraba por la ventana, vestigio de que finalmente el verano tocaba las puertas de aquel lejano y frío rincón del norte.

Se levantó, preparó un té y le envió el siguiente mensaje:

No quiero volver a equivocarme ni elegir mal mis palabras, ni decir las cosas a medias.

Te mentiría si te dijera que me alegra saber que estás con alguien más...

El amor es la más egoísta de todas las pasiones.

No sé si algún día volveré a verte. Quizá nuestros caminos vuelvan a cruzarse; quizá entonces mi corazón sepa qué hacer o qué decir.

Mientras tanto, seguiré mi camino, recorriendo el mundo, trabajando y tratando de convertirme en el hombre del que mi yo de la infancia se sentiría orgulloso.

Seguiré visitando a mis abuelos en lo profundo de mi memoria y de mi corazón, en ese lugar tan preciado donde atesoro sus recuerdos, junto a los recuerdos de nuestro fugaz tiempo juntos.

Espero sinceramente que seas feliz.

"Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres." — Juan 8:32

Pues he aquí mi verdad,

la única verdad que no he podido cambiar:

La verdad es que te amo.

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