La verdad que no he podido cambiar
Aquella conversación terminó por ser un desencuentro que, en circunstancias normales, para cualquier pareja podría haber sido solo una pequeña discusión. Pero para ellos, que aún inmaduros padecían de aquel extraño rasgo llamado orgullo, enemigo acérrimo de la humildad, terminó por convertirse en su última conversación durante años.
Si tan solo ella hubiera buscado otras palabras
para rechazar su invitación a cruzar el Atlántico y encontrarse ahora en el
Viejo Mundo; si tan solo él se hubiera detenido y hubiese dicho de manera
transparente que aquella negativa lo hacía sentir mal... Si tan solo esto, si
tan solo lo otro, si tan solo...
Pero lo cierto es que eran solo un par de
jóvenes que se amaban mutuamente y que, de haber hecho a un lado su orgullo,
quizá habrían reunido la fuerza suficiente para sobreponerse a las adversidades
de una distancia que aún los separaba.
Pero no fue así.
Aquella fue su última conversación.
Él sabía que ella no le escribiría, que no lo
buscaría, pues ella le había dejado claro en más de una ocasión que, en ese
tipo de situaciones, solía ser muy orgullosa. Él, por su parte, pensó que, si
el orgullo era más grande que el amor, probablemente no era amor. Ambos se
vendieron ideas, ideas que los hicieran sentir mejor, y siguieron con sus
vidas.
Muchas veces él miraba su teléfono y
contemplaba sus fotografías. Quería llamarla, quería buscarla, pero en ese
momento de su vida estaba convencido de que no trataría de construir una
relación con una persona que no tuviera el interés ni las ganas de poner el
mismo esfuerzo. Lo único que lograba era atormentarse mirando sus fotos, así
que trató, poco a poco, de ir borrando los vestigios de ella para sacarla de su
vida, y casi lo logró por completo.
Pero no pudo sacarla de su corazón ni de su
memoria, porque ella aparecía en el lugar menos esperado. Cuando escuchaba
cierta canción que, por alguna razón, le recordaba a ella; cuando veía una
película romántica, de esas que tanto odiaba porque terminaban con un final
feliz para todos menos para él.
Así que decidió hacer lo único que, con el paso
de los años, le había traído cierto placer y satisfacción: continuar
recorriendo el mundo. Pensó que aquello expandiría una vez más sus horizontes y
lo ayudaría a olvidarla.
Pero tampoco funcionó.
allí, encontraba belleza. Y en esa belleza inexplicable la recordaba.
Pasaron un par de años y, después de darse por
vencido en su empeño por olvidarla, decidió que al menos le escribiría para
explicarle las verdaderas razones de lo que había dicho durante aquella
conversación. No esperaba nada; sencillamente quería colocar la última pieza de
ese rompecabezas que aún era su corazón.
Un buen día decidió escribirle un mensaje. Se
sentó tranquilamente y trató de expresar de la manera más clara y sencilla los
sentimientos que lo habían guiado aquella última vez que hablaron.
Como tantas otras veces, dudó si enviarlo. Pero
esta vez, a pesar de que su corazón latía tan rápido que parecía dispuesto a
explotar, decidió hacerlo.
Y como era habitual, invadido por el pánico de
la incertidumbre, unos minutos después borró los mensajes.
Pero para su fortuna, ella ya los había leído.
Ella respondió de manera amable y reconoció su
parte en aquel último desencuentro. Por primera vez en dos años sintió cierta
tranquilidad. Ya no cargaba con esa extraña sensación que nace de la
incertidumbre. Era mejor un rechazo contundente que una duda que consume
lentamente.
A través de varios mensajes se pusieron al día
sobre sus vidas y sobre todo lo que había ocurrido durante aquellos dos años.
Sí, dos años ya habían pasado.
Él le habló de sus viajes por el mundo, y ella
de los suyos; de su vida y de su nuevo novio.
Aquello no le resultó una sorpresa.
Conociendo todas las bondades y cualidades de
ella, y ni qué decir de su belleza, que tantas veces terminaba por ocultar la
belleza aún mayor de su alma, no le cabía duda de que alguien más afortunado o
merecedor, había logrado ocupar el lugar por el que él habría dado media vida.
Esa noticia, en cualquier otro momento, lo
habría devastado.
Pero, a diferencia de antes, ya no vagaba por
el mundo tratando de encontrar un lugar al cual pertenecer. Lo había
encontrado.
Y lo más curioso era que ese lugar siempre
había estado allí, frente a él.
En una meseta polvorienta en medio de la nada,
de la que había huido siendo muy joven y que, muchos años después, por fin
podía llamar hogar.
Allí lo esperaba una madre que no había sabido
amarlo. Un padre con quien no había hablado en veinte años. Unos hermanos que,
por primera vez, le habían expresado cuánto lo habían extrañado durante todo
ese tiempo.
Así que a pesar de que descubrió que la mujer
que le robaba los pensamientos había continuado con su vida, logro encontrar la serenidad para que
eso no acabase con él.
Entre otras cosas porque ya no necesitaba ser
amado para ser feliz.
Porque finalmente había aprendido a amarse a sí
mismo.
Eso no significa que le resultara indiferente
leer aquel mensaje en el que ella le hablaba de su nuevo amor. Claro que fue un
golpe duro.
Pero la vida ya lo había erosionado. No para
volverlo indiferente al desamor, sino para enseñarle a enfrentarlo con
serenidad, con paz y con tranquilidad.
Sin dramatismos.
Porque había aprendido que la vida que había
tenido y la vida que tenía eran demasiado valiosas como para permitir que la
amargura del desamor opacara toda la felicidad que aún podía encontrar en ella.
Cuando leyó su mensaje, no supo qué decir.
Así que se fue a dormir pensando que, quizá
durante la noche, entre sueños, encontraría las palabras correctas. Las
palabras que le permitieran responder sin equivocarse y sin dejar margen para
malas interpretaciones.
Se levantó, preparó un té y le envió el
siguiente mensaje:
No quiero volver a equivocarme ni elegir mal
mis palabras, ni decir las cosas a medias.
Te mentiría si te dijera que me alegra saber
que estás con alguien más...
El amor es la más egoísta de todas las
pasiones.
No sé si algún día volveré a verte. Quizá
nuestros caminos vuelvan a cruzarse; quizá entonces mi corazón sepa qué hacer o
qué decir.
Mientras tanto, seguiré mi camino, recorriendo
el mundo, trabajando y tratando de convertirme en el hombre del que mi yo de la
infancia se sentiría orgulloso.
Seguiré visitando a mis abuelos en lo profundo
de mi memoria y de mi corazón, en ese lugar tan preciado donde atesoro sus
recuerdos, junto a los recuerdos de nuestro fugaz tiempo juntos.
Espero sinceramente que seas feliz.
"Y conoceréis la verdad, y la verdad os
hará libres."
— Juan 8:32
Pues he aquí mi verdad,
la única verdad que no he podido cambiar:
La verdad es que te amo.


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