La verdad que no he podido cambiar

 

Aquella conversación terminó por ser un desencuentro que, en circunstancias normales, para cualquier pareja podría haber sido solo una pequeña discusión. Pero para ellos, que aún inmaduros padecían de aquel extraño rasgo llamado orgullo, enemigo acérrimo de la humildad, terminó por convertirse en su última conversación durante años.

Si tan solo ella hubiera buscado otras palabras para rechazar su invitación a cruzar el Atlántico y encontrarse ahora en el Viejo Mundo; si tan solo él se hubiera detenido y hubiese dicho de manera transparente que aquella negativa lo hacía sentir mal... Si tan solo esto, si tan solo lo otro, si tan solo...

Pero lo cierto es que eran solo un par de jóvenes que se amaban mutuamente y que, de haber hecho a un lado su orgullo, quizá habrían reunido la fuerza suficiente para sobreponerse a las adversidades de una distancia que aún los separaba.

Pero no fue así.

Aquella fue su última conversación.

Pasaron un par de años y, después de él darse por vencido en su empeño por olvidarla, decidió que al menos le escribiría para explicarle las verdaderas razones de lo que había dicho durante aquella última conversación. No esperaba nada; sencillamente quería colocar la última pieza de ese rompecabezas que aún era su corazón.

Ella respondió de manera amable y reconoció su parte en aquel último desencuentro. Por primera vez en dos años cierta tranquilidad. 

A través de varios mensajes se pusieron al día sobre sus vidas y sobre todo lo que había ocurrido durante aquellos dos años.

Sí, dos años ya habían pasado.

Él le habló de sus viajes por el mundo, y ella de los suyos; de su vida y de su nuevo novio.

Conociendo todas las bondades y cualidades de ella, y ni qué decir de su belleza, que tantas veces terminaba por ocultar la belleza aún mayor de su alma, no le cabía duda de que alguien más afortunado o merecedor, había logrado ocupar el lugar por el que él en algun otro momento habría dado media vida.

Eso no significa que a él le resultara indiferente leer aquel mensaje en el que ella le hablaba de su nuevo amor. 

Pero la vida ya lo había erosionado. No para volverlo indiferente al desamor, sino para enseñarle a enfrentarlo con serenidad.

Cuando él leyó su mensaje, no supo qué decir.

Así que se fue a dormir pensando que, quizá durante la noche, entre sueños, encontraría las palabras correctas. Las palabras que le permitieran responder sin equivocarse.

A la mañana siguiente, lo despertó un rayo de sol que entraba por la ventana, vestigio de que finalmente el verano tocaba las puertas de aquel lejano y frío rincón del norte.

Se levantó, se preparo un cafe y le envió el siguiente mensaje:

No quiero volver a equivocarme ni elegir mal mis palabras, ni decir las cosas a medias.

Te mentiría si te dijera que me alegra saber que estás con alguien más...

El amor es la más egoísta de todas las pasiones.

No sé si algún día volveré a verte. Quizá nuestros caminos vuelvan a cruzarse; quizá entonces mi corazón sepa qué hacer o qué decir.

Mientras tanto, seguiré mi camino, recorriendo el mundo, trabajando y tratando de convertirme en el hombre del que mi yo de la infancia se sentiría orgulloso.

Seguiré visitando a mis abuelos en lo profundo de mi memoria y de mi corazón, en ese lugar tan preciado donde atesoro sus recuerdos, junto a los recuerdos de nuestro fugaz tiempo juntos.

Espero sinceramente que seas feliz.


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